Es
posible crear un canon nuevo, superar la guerra eterna entre el bien y el mal, y el
eterno y simulado triunfo del bien sobre el mal. Es bueno irrespetar esa contienda
intencionada de las doctrinas eclesiásticas, esa finalística que promueve
siempre el interés superfluo de la multitud.
Si
algo espera el pobre, el enfermo, el desvalido, es vivir a Dios sin temer un
final, sin esperar una recompensa, sin pedirle un favor. Desprenderse del sentido que implica un
desabrido “creer en Dios”, profesar una fe a la fuerza, defendiendo a Dios. No
aguardar un cielo y un infierno. Ignorar ese retrato de un Dios con sed de gloria y triunfalista redentor, siempre tan salvador y lleno de
necesidades, y devolver esa imagen original, sin temor a la gratuidad. ¿Existe
humildad divina? Todos aquéllos atributos superlativos divinos, significan la mirada con tanto sentido del hombre que se pierde en la sobrenaturalidad, una de las principales quejas de Cristo frente a los sacerdotes y
fariseos. El
hijo del hombre, solo es eso, un hombre que es hijo, hija, madre, hermana,
padre, y que acorta las distancias existentes en los lazos familiares, para volvernos solo humanos.
Si
se mira uno a sí mismo puede verse a Dios como reflejo en el otro, si se mira directamente a Dios se encontrará la dulce
y enamoradiza jerarquía, tan aduladora como traidora.
Homo Adán Sapiens
Medellín, a las 11:28 pm
